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RESISTENCIA CABERNETERA
HUEVOS Y UVAS
30 de Junio, 2010    Cultura

IWOKA Y SU DESTINO

En Catamarca y la quebrada como mudo testigo de la soledad, me trae el recuerdo de una historia contada en el pueblo de La Punilla.

 

Tierra inhóspita y desabitada por la cultura del hombre moderno, vivió un pequeño llamado Iwoka (tierra sin mal), nombre indígena descendiente de los Luracataos, grupo perteneciente al pueblo Diaguita.

El pequeño nacido de doña Aparicia, creció en la inmensidad rocosa, salvaje, libre y guerrero como fiel reflejo de su descendencia, atravesó fuertes inviernos y desérticos veranos junto a su mama.

Solito aprendió del hambre y solito asumió la responsabilidad de un hombre con sus precoces 12 años.

Iwoka era intrépido, insolente como todo niño, y con un espíritu forjado a fuerza de imaginación, ya que no conocía otra cosa que la riqueza de la pachamama.

Pero doña Aparicia quería que su hijo aprenda, ella no podía darle mas que el amor de madre y el aprendizaje sabio de la naturaleza, por eso lo llevo a lomo de mula a la escuelita ubicada al pie del arroyo a unos quince kilómetros de su hogar.

Iwoka estaba asustado, nunca había tenido contacto con extraños, pero la calidez de Rosendo el maestro, lo acobijo y le dio la tranquilidad tan escurridiza en todo ese viaje interminable.

Allí aprendió de cuentas, de letras, a Iwoka le encantaba estar todo el tiempo posible en compañía de Rosendo, pero en especial al atardecer cuando se sentaba en el campito del lado trasero del aula a escuchar historias increíbles de la vida de su adorado maestro.

 

Rosendo era oriundo de Tucumán, se formo como educador, pero en su adolescencia su pasión era el futbol, que lo llevo a jugar en las ligas del norte, integrando equipos modestos pero logros importantes.

Luego de tratar en vano de pasar a algún club de relieve para hacer una carrera deportiva onerosa, claudico y se dedico a la enseñanza.

 

Volviendo a nuestra historia, Iwoka escuchaba atentamente de arcos, arqueros, defensores, delanteros, corner, penales y todo lo relativo al juego.

De mas esta decir que no se tardo mucho en armar dos arcos para recrear en su mente las anécdotas que tanto le gustaba memorizar.

Su felicidad eran los miércoles cuando llegaba la camioneta que provenía de la ciudad repleta de provisiones que juntaban vaya a saber uno de que urbe en concepto de ayuda, como decía Alfredo el fletero, “llegaron las sobras don Rosendo”.

Pero el maestro les inculcaba que siempre tenían que estar agradecidos con el esfuerzo que hacia cierta gente para con ellos, pero nada de conformarse, “ustedes son los dueños de sus destinos chicos” les decía.

 

Luego de acomodar las pertenencias que cada uno se llevaría a su hogar, Rosendo se encamino al campito y agarrando a Iwoka del hombro lo mando cerca del arco a unos treinta metros de el, cuando el pequeño llego al lugar indicado escucho el grito del profe…. date vuelta… y fue el momento mas estremecedor de Iwoka, vio venir esa esfera blanca, brillante y con la intuición de todos sus sueños sin dejarla caer le pego un puntazo de lleno, que lo hizo sentir vivo y emocionado.

Los días pasaban sin que la pelota se alejara un metro de los pies de el chiquitín, los kilómetros de ida y vuelta fueron los momentos mas gloriosos de su vida.

Ya las historias no eran contadas por Rosendo, Iwoka fabulaba de hazañas en la quebrada, siempre decía que en un viaje hacia la casa de la mama, le pego tan fuerte que la pelota llego a una nube que produjo la lluvia.

Pero había algo en el pequeño que no lo dejaba disfrutar por completo de su habilidad con la pelota, el quería jugar un partido, un partido de verdad, como repetía siempre.

Ya estaba cansado de patear al arco, alguna veces a Rosendo, otras a don Alfredo o a algún arquero imaginario que lo hacia héroe o verdugo según el humor del día.

 

En la zona se sabía que era imposible poder armar un partido, a la escuelita llegaban 10 chicos de los cuales siete eran nenas, la única posibilidad era bajar un día a la ciudad y para eso lo necesitaban a don Alfredo y su camioneta.

Cuando todo esta ya perdido en el corazón de Iwoka, Rosendo encontró la forma de complacerlo, lo llamo ese día después de la clase de matemáticas y le dijo, en dos días venite que tenemos un partido, mis familiares me vienen a visitar y armaremos dos equipos.

 

Iwoka no lo podía creer, los quince kilómetros los hizo corriendo para contarle a su mama lo que iba a suceder, Aparicia lo contuvo como pudo, pero el pequeño excitado no paraba de patear contra la pared de adobe, descascarándola, y ante los retos de su madre decía…….déjame mama, tengo que practicar, un partido, mami, un partido por fin.

 

La noche anterior soñó que se eludía a todos los rivales, que enganchaba una y otra vez y le pegaba con el alma para salir gritando el golazo que siempre imagino, que era el héroe de todas las historias que había escuchado.

 

Pero quiso el destino que la mañana amaneciera lluviosa, por la quebrada descendía el agua que se depositaba en el arroyo y cuando pego el salto de la cama Iwoka no podía dejar de llorar por la mala suerte.

Aparicia lo trato de consolar pero el ya no tenia consuelo, su sueño, su partido, no se iba a realizar, los sueños quedarían siempre como sueños.

 

Pero Iwoka, no se dejo vencer, recordó la frase de Rosendo “ustedes son los dueños de sus destinos” y agarro la pelota en un momento de descuido de su madre y salio raudo al encuentro de su momento.

 

La lluvia paso a tormenta, la quebrada se transformo en río, el arroyo no aguanto el poder del agua y la inundación alcanzo los niveles jamás superados desde hacia años.

 

Hoy veinte años después, nada se supo de Iwoka, Rosendo no soporto su dolor y se fue vaya a saber dios donde, Aparicia permaneció sentada contra la mismísima pared de adobe esperando en vano la llegada de su hijo, hasta que la sorprendió la muerte.

 

Pero este pueblo cuenta que Iwoka ese día encontró su destino, llego a ese glorioso partido, jugo como nunca lo había echo, corrió y corrió junto a su amada pelota y cuando se encontró frente al arco le pego y le pego tan fuerte que perforo las nubes y sintió llover, sintió llover el pequeño niño. 

 

 

El coco Osvaldo

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publicado por osvaldocristian a las 01:01 · 1 Comentario  ·  Recomendar
 
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Comentarios (1) ·  Enviar comentario
Lindo pero muy triste .
publicado por Mourinho, el 30.06.2010 19:48
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